Es tiempo para un impuesto Tobin

Como medio para frenar la especulación financiera

El impuesto Tobin fue propuesto por el Premio Nobel James Tobin, en 1978, como un pequeño gravamen sobre las transacciones en divisas para penalizar a los especuladores a corto plazo, pero no a los inversionistas a largo plazo.

Algunos llaman a este impuesto el “impuesto Robin Hood”, porque grava transacciones financieras, que se supone sólo hacen las empresas, o las personas adineradas, y su producto puede invertirse en programas sociales, o programas relacionados con bienes públicos mundiales, como el cambio climático o la reducción de las emisiones de carbono.

Sin embargo, a esta altura, se sostiene que la principal finalidad del impuesto es impedir la especulación, es gravar de tal manera las operaciones financieras puramente especulativas, que desaliente, si es que no impida la ruleta financiera.

Durante la crisis de los activos tóxicos, producto de la especulación financiera con instrumentos complejos, se planteó la necesidad de contar con mecanismos financieros que desalentaran la especulación y la toma desaprensiva de riegos.

En ese contexto, en camino a la Cumbre del G-20 en Pittsbugh, en septiembre de 2009, líderes europeos, entre los cuales la Canciller alemana Angela Merkel y el Presidente francés Nicolas Sarkozy impulsaron la idea de un impuesto sobre las transacciones financieras, o algún tipo de impuesto Tobin.

En dicha cumbre los líderes del G-20 encomendaron incluso al FMI: “…la tarea de elaborar un informe… respecto a las distintas medidas que han adoptado los países, o están analizando, sobre cómo podría contribuir el sector financiero, de forma justa y sustancial, al pago de cualquier tipo de carga asociada con las intervenciones públicas para restaurar el sistema bancario”.

En el informe que preparó en respuesta el FMI se explora la cuestión, mencionando que “la reciente crisis ha renovado el interés en la posibilidad de un impuesto general sobre las transacciones financieras”. En el documento se sostiene que, “se ha estimado que un impuesto de un punto básico podría recaudar alrededor de US$200.000 millones por año si gravan en forma global las transacciones con acciones, bonos y derivados, y un impuesto Tobin de 0,5 puntos básicos aplicable a las transacciones al contado y con instrumentos derivados en las cuatro principales monedas recaudaría entre US$20.000 millones y US$40.000 millones”.

Sin embargo pasado el peor momento de la crisis la idea de una medida global y coordinada al respecto, pasó al cajón de los recuerdos.

Hoy, los líderes europeos culpan a la especulación de la agitación en los mercados contra la deuda española e italiana, y las autoridades chinas, por su parte, han resuelto adoptar severas medidas de control de capitales, porque descartan que gran parte de la afluencia record de capital que registró el país en un año, es dinero especulativo. Algo similar ha reconocido Brasil y adoptado medidas y cargos contra las operaciones en corto.

Cierto es que los gobiernos del mundo desarrollado no han dado con soluciones apropiadas y oportunas – basta ver el tiempo que llevó elevar el tope de la deuda en Estados Unidos, o el tardío e infructuoso rescate griego – pero también es cierto que la especulación es una de las variables del problema, tal vez la más perniciosa.

Hasta ahora los especuladores van ganando la partida, al ritmo de un clic electrónico. En tanto los gobiernos reaccionan tarde, y a la defensiva, cuando el desastre es ya inevitable.

La aplicación global y coordinada de un impuesto Tobin, no sólo puede morigerar los efectos perversos de estas prácticas cuasilegales, sino que puede ser la señal de que los gobiernos, finalmente, están resueltos a ponerles freno.

PoliticaPress