Elecciones presidenciales en Estados Unidos

8/11 – El martes que puede cambiar el mundo

Los americanos quieren un cambio.

Las personas comunes de casi todas las latitudes quieren un cambio, y lo expresan votando. Las campañas mediáticas no logran conmover la decisión ciudadana. El ejemplo más elocuente es el Brexit y lo sigue el “NO” al Acuerdo de Paz en Colombia.

Los ciudadanos ingleses decidieron irse de la Unión Europea por los innumerables desaciertos en la solución de la crisis económica, cuyas consecuencias pesan sobre sus espaldas, y por las decisiones de política migratoria tomadas en Bruselas, entre otras cosas.  La campaña por permanecer en la UE fue impresionante y los vaticinios ante la salida amedrentadores, sin embargo los ciudadanos no se desalentaron y decidieron irse de la UE.  El fracaso del “SI” a la permanencia en la UE acabó con la carrera política del Primer Ministro David Cameron.

Los ciudadanos colombianos, por su parte, dijeron NO a un acuerdo de paz con un sector de la guerrilla, que representaba la decisión de su gobierno, pero que no representaba su voluntad como pueblo soberano.

Los americanos están cansados de lo que llaman el establishment (“la clase dirigente”), incluidas las corporaciones financieras. De políticos que llevan años en la gestión pública y no han logrado revertir los efectos de la desindustrialización y la migración de fábricas y empresas a economías de mano de obra barata, la caída de puestos de trabajo y la pérdida de su calidad de vida.

En este contexto, Donald Trump debería ganar las elecciones, porque su propuesta es atrapante para el americano promedio, es lo que quiere el americano medio.

Viene del sector privado, ha perdido y ganado fortunas, nunca fue funcionario y no pueden imputársele errores de gestión o promesas incumplidas.

En la elección del 8/11 el cambio es Donald Trump.

Su contrincante, Hillary Clinton, por el contrario, es la continuación del sistema actual, hacia adentro de las fronteras americanas y en el complejo escenario internacional; lleva décadas en la función pública, en el Congreso y en la administración Obama.

Donald Trump propone cambiar el statu quo global. Propone proteger a la industria nacional con mayores impuestos a las importaciones, reindustrializar el país, relocalizar empresas en suelo americano, crear miles de puestos de trabajo, modificar en beneficio del país los tratados de libre comercio y regular la inmigración ilegal.

En pocas palabras, dice que si las empresas americanas insisten en fabricar en otros países deberán pagar impuestos muy altos para que sus productos ingresen a los Estados Unidos, si en cambio vuelven a abrir sus fábricas en suelo americano, obtendrán beneficios impositivos.

Que es lo que los ciudadanos americanos quieren, y es su voto el que decide.

Tiene otras propuestas, sobre la defensa y seguridad del Estado, las guerras en Medio Oriente y las relaciones con otras potencias del mundo, en particular con Rusia, pero aunque estos asuntos despiertan mucho interés en ciertos sectores de la sociedad americana, son las cuestiones económicas que hacen a la vida cotidiana y al bienestar ciudadano, las que aparecen como determinantes para la mayoría de quienes respaldan su candidatura.

Imaginemos por un instante que un político de nuestro propio país nos hace la misma oferta, descartemos obviamente lo que suele ocurrir en muchos países del mundo en que las propuestas de los candidatos son apenas slogans de campaña, que en general no se cumplen, y supongamos ahora que en nuestro país ocurre como en Estados Unidos, en que los ganadores tradicionalmente impulsan sus propias propuestas desde el gobierno. Lo votaríamos?

¿Por qué el martes 8/11 puede cambiar el mundo?

Porque Estados Unidos marca el rumbo, es todavía el centro de poder más importante del mundo, y es el único actor económico que puede cambiar las reglas de juego internacionales. Hasta ahora impulsó la globalización a ultranza, que nos trajo muchos pesares y pocos beneficios, y ahora puede impulsar el cambio.

El mundo anda a los tumbos desde 2007, en que se iniciara la crisis de los activos tóxicos y las deudas soberanas europeas, y los gobiernos no encuentran la salida.

La crisis ha tenido consecuencias devastadoras para las personas, muchas de las cuales quedaron excluidas para siempre del mercado laboral y sin posibilidades de recuperar o mejorar sus condiciones de vida.

Tras casi una década de medidas y contramedidas que no logran revertir las consecuencias penosas para las personas, estas han perdido la confianza en los responsables políticos y quieren un cambio.

Las personas se han hastiado de un sistema que genera crisis recurrentes y cuyas consecuencias recaen sobre sus espaldas, por decisiones que no tomaron. Son los líderes globales lo que toman las decisiones, todas las decisiones, sobre el comercio, las finanzas y la seguridad, pero son las personas quienes pagan por sus desaciertos; la clase dirigente ni siquiera las sufre.

El Brexit es el ejemplo más elocuente: la Unión Europea no pudo siquiera rescatar a Grecia, y terminó, hasta ahora, perdiendo a Inglaterra.

Los ciudadanos ingleses se cansaron de cargar con las consecuencias de los errores de sus líderes políticos y de los líderes de la Unión Europea. Dijeron basta a un sistema de adopción de decisiones que afecta sus vidas y su futuro, y resolvieron volver a un sistema en el que ellos deciden las normas y reglas que regulan su sociedad.

Los ciudadanos americanos, en particular los trabajadores, están enojados con el sistema y su voto puede hacer la diferencia, fronteras adentro y también en el plano internacional.

Si Donald Trump gana las elecciones y logra llevar adelante las propuestas de reindustrialización americana y de modificación del régimen de aranceles de importación y de los tratados de libre comercio, cambiará inevitablemente el sistema económico y financiero internacional que conocemos.

¿Para bien o para mal?

A esta altura de la crisis irresuelta, con economías estancadas y en recesión, o creciendo débilmente, mantener el sistema tal como está es irracional. Algo tiene que cambiar, y a falta de concierto internacional el cambio sólo puede provenir de una decisión unilateral de los Estados Unidos.

La globalización ha provocado desigualdad dentro de cada país y entre los distintos países, pérdida de empleos, disminución de la calidad de vida y del desarrollo. Y esto por su propia dinámica.

Si a esto le sumamos los efectos perversos de las crisis recurrentes, principalmente originadas por la apertura de los mercados de capitales y las inversiones especulativas, el saldo es a todas luces negativo.

Al inicio de la crisis, en 2007, los líderes del mundo prometieron regular el sistema financiero internacional y los flujos de capitales. A la fecha no llegaron siquiera a aplicar una tasa a las transacciones financieras (la tasa Tobin).

Mientras tanto diversos países fueron tomando medidas proteccionistas y pasaron a la búsqueda de mercados alternativos en acuerdos bilaterales o en nuevos acuerdos de libre comercio, como el Transpacífico, y al intercambio en monedas distintas del dólar. Pero estas iniciativas apenas se dirigen a sostener a las economías involucradas.

Tras ocho años del inicio de la crisis, no hay medidas concertadas. Cada país se está arreglando como puede y nada hace presumir que se pueda recuperar un crecimiento sostenible a corto o mediano plazo.

Sin embargo, los líderes internacionales que negocian las reglas no quieren cambiarlo, parecen estar a la espera de que “algo”, las fuerzas del mercado tal vez, o un sorpresivo evento natural, revierta la tendencia de estancamiento y recesión, y nos devuelva a la senda del desarrollo y el crecimiento. Esperan en vano.

El sistema no se corregirá por sí sólo, ni mejorará los resultados. Hay que cambiarlo, y vale reiterar que a falta de una decisión multilateral, éste cambio solo puede provenir de una decisión de los Estados Unidos, simplemente porque si la gran potencia del Norte negocia en sus propios términos, cambiarán las reglas del mundo global.

El 8/11 puede ser el inicio de ese cambio. El éxito del nuevo rumbo no está garantizado. Como en cualquier ámbito de la vida, nunca lo está, pero es una oportunidad.

Editor

6 de noviembre de 2016